Una pregunta que muchos gerentes de operaciones se hacen (y con justa razón) es:
“¿Cómo va a contribuir el aprendizaje a asegurar los resultados estratégicos del negocio?”
Porque seamos honestos: si van a “sacar” gente del proceso productivo para asistir a una capacitación, quieren saber si valdrá la pena. Y, sobre todo, cómo se medirá ese impacto.
¿Cuándo medir?
Lo básico es medir la participación: quiénes asisten, cómo evalúan el aprendizaje y qué resultados obtienen.
Pero ojo, si notas baja participación o desinterés en ciertas áreas, es una señal de alerta. Puede que no estén convencidos del valor de la capacitación o que no vean conexión con sus desafíos diarios. Ese tipo de sesgo puede debilitar la sostenibilidad del programa de formación a largo plazo.
El diseño instruccional también pesa (¡y mucho!)
Cada actividad debe estar conectada con la realidad del negocio.
Los adultos aprendemos mejor cuando el contenido tiene sentido y es útil. Por eso, no basta con teoría: hay que incluir experiencias, desafíos y ejercicios aplicables al trabajo real.
Nada genera más credibilidad que ver cómo lo aprendido se traduce en mejores resultados operativos.
Ganarse la confianza del negocio
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